Cuando, en su juventud, Lorca se sentía triste y desanimado, acudía al arroyo claro del mundo infantil para beber de sus aguas y recuperar así la alegría y la inspiración perdidas. Y es que el espíritu candoroso de los niños tiene mucho en común con la pureza de las emociones y el afán lúdico propios de la lírica, de ahí que ellos se muestren más abiertos que nadie al embrujo de la poesía, a la música de sus palabras, al ritmo y al encanto de sus juegos verbales y sonoros