Bruckner estuvo trabajando en la Novena Sinfonía hasta el día de su muerte. Dejó un torso descarnado y magnífico que marca el final de la sinfonía del siglo XIX, pero también dejó fragmentos y bocetos para un magnífico final que coronaría la obra de su vida. En la última realización de una obra que ha tardado más de 20 años en completarse, el final de Bruckner corona su testamento musical con un esplendor intenso y visionario. Todo lo extraño de este final es 100% Bruckner', comenta Sir Simon Rattle. Y uno puede ver el terror, el miedo y la pasión por los que estaba pasando en ese momento de su vida'.