«Eduardo Scala no existe. Se suceden unos acontecimientos biográficos, pero éstos no deben servir para construir la típica semblanza literaria ni la mitificación del autor.» Así lo afirma el filólogo Javier Helgueta Manso, especialista en Scala. «Discurre de casa en casa, de celda en celda, como una especie de monje errante», dijeron sobre él José Luis Gallero y José María Parreño en la antología 8 poetas raros de los años noventa. Largos períodos en un molino y en una imprenta, estancias en el silencio de los monasterios, peregrinaciones para residir en lugares sagrados como Toledo, Mallorca o Ávila. Votos eremíticos de soledad o «proyecto de muerte», como él mismo afirma: perpetuo continuum del «vivir-morir-vivir-morir-ir-ir-ir». De su vida interesa el borrado de vida. Su escritura comienza en torno a 1967, pero, tras publicar unos primeros poemas en prestigiosas revistas como Poesía Hispánica, dirigida por José García Nieto, Scala asume la necesidad de evitar la reverberación de un estilo propio de la atmósfera de la Transición y decide no caer en el bucle egolátrico del mercado literario. Quema sus poemas a principios de la década de los setenta, descartando así una posible historia literaria al uso. Más que un garboso escrutinio, esta ética estética es un rito de fuego bautismal de su incipiente obra. Pero el autor no ha muerto, se ha sacrificado: «Primero despedí a Eduardo Scala», dice el poeta en una entrevista de 2010 para la revista chilena Laboratorio, «quemando toda su producción literaria (1967-1973). Fue en 1977, con la investigación poética SOlUNA. La restricción extrema que sufrí en Ars de Job, libro monosilábico, dio paso a mi absoluta desaparición [...]. »Soy un renunciante. Sólo el que renuncia, enuncia».