Para componer el núcleo de esta primera aventura del cuarteto, Adèle Viret optó por volver al piano de su infancia, para celebrar lo ordinario, lo habitual. A partir de este impulso espontáneo, tejió un lienzo alrededor del cual combinar su violonchelo y las voces de tres músicos que le son queridos. Allí se desarrolla una atmósfera de cámara en la que compartir roles, relevos y permutaciones son tan esenciales como una generosa dosis de picardía y audacia.