Fue ella quien me sacó de la cama, comprendía la tristeza mejor que yo. Su espíritu era fuerte y gentil, a veces furioso, pero de furia inocente, como la naturaleza misma. Ella me enseñó a vivir, disfrutar de estar antes que ser, viendo más allá de mis ojos humanos, volviendo al inicio animal. Juntos caminamos hacia el atardecer, aunque ella se adelantó. La volveré a ver en el ocaso de nuestras promesas, cuando me una a la libertad del descanso eterno.