35 minutos de guitarras de fraseo repetido, baterías de corte lento y voces dulces donde el paisaje recurrente es el desierto. Los bucles de música afgana compiten con las superposiciones de sonidos encontrados de voces grabadas en la cola de la farmacia y cajas de ritmos prestadas de héroes españoles, canalizando tanto climas lejanos como retazos de una realidad más cercana. Es un extraño brebaje psíquico, construido de misticismo imaginado y realidades domésticas, de sueños febriles y de días que se prolongan durante semanas o meses.