En este trabajo, Alfonso Calderón de Castro se erige en intérprete en el sentido greco-latino del término: aquel destinado a revelar lo que permanece oculto. Lo hace desvelando aspectos ocultos de la literatura para piano de Guinjoan, que nos permiten tomar estas primeras obras como un microcosmos de todo su catálogo. Su piano navega con personalidad e inteligencia estética encarnando la divisa del compositor, la de la humanización instrumental desde la exploración sutil de todos los parámetros, sin olvidar el círculo de comunicación entre compositor, intérprete y oyente. En suma, el pianista nos entrega en este trabajo una antología destinada a la intemporalidad de lo clásico, capaz de soportar el paso del tiempo con la elegancia de una cariátide.