La voz de Lourdes Espínola siempre suena en silencio. Esa paradoja es bien entendida por quienes aceptan la brevedad, la insinuación o la revelación en medio de la cotidianidad. Su poética, siempre fiel al tacto, suele habitar el mundo tocando, es decir, traspasando los sutiles umbrales de la piel (propia, ajena). En ese contacto se le aparecen la clemencia humana o la belleza de Dios. Quizás porque sabe que las cosas perdidas vuelven, indiferentes a las búsquedas, no se apresura en hallar sentidos o certezas. Anida discretamente en la sensación, en la insinuación que acusa una presencia. En el «hueco absoluto del papel» como en el de la mano que sujeta y despide al agua, estos poemas deseados se escurren dejándonos el sabor de lo que no vino para quedarse, sino para tocar una forma y dejar ir, para decir un vocablo y devolverlo al sonido, para poe-amar.