Uno a uno, los personajes que pueblan los relatos de El pan nuestro de cada día nos sumergen en un universo oscuro de carácter rural, a veces claustrofóbico, muy lejos de los tópicos simplistas a los que nos hemos acostumbrado al tratar sobre la España vacía. Las atmósferas recuerdan las del realismo español de posguerra, las tramas desengañadas de Aldecoa o el tremendismo crudo de Cela, se vuelven tan densas que cubren el texto como cortinas de ganchillo, a través de las cuales podemos vislumbrar el cruzar furtivo de una sombra, arrimada al muro de una callejuela. Y todo aderezado con elementos propios del autor, la variedad de las voces, el tejido oral y denso, que confieren al conjunto una asombrosa riqueza.