Un joven pingüino que vive junto a su madre en la casa de Lidia, pide a esta tenedor, cuchillo y servilleta para comerse, educadamente, unos cangrejitos que su mamá, ausente, le ha dejado. Lidia le hace ver, con cariño y delicadeza, que no puede manejar los cubiertos, ni ningún otro objeto, porque él tiene aletas, no manos. Llegan las dos hijas de Lidia, que lo acarician y le dan de comer.