En este poemario parece escucharse la voz del mar a través de una poesía íntima y reflexiva que lo vincula con el símbolo de lo femenino —inicio, creación, memoria, identidad, vida y muerte—. El mar es origen y destino, una presencia vital engendradora de sueños y deseos. Es, sobre todo, un ente femenino que se acaba convirtiendo en personaje esencial del poemario: alguien que escribe, convoca, escucha, participa de las emociones, las provoca y, en ocasiones, las transforma. Pero el mar también sufre, resulta herido mortalmente, maltratado y abandonado. De este modo, el poemario propone un enfoque feminista del mar, alejado de la tradición masculinizada del simbolismo marítimo, a la vez que traza una ecocrítica sobre la vulnerabilidad del medio marino. Algunos poemas se basan en la inversión de un mito o de unos roles establecidos, como ocurre en «La trenza», donde se presenta a una moderna Eurídice que no solo avanza delante, sino que lamenta la pérdida de Orfeo e intenta rescatarlo del infierno, o en «El mar escribe», donde el propio océano se transforma en el poeta que intenta dar forma al poema. El mar es un ser femenino, es memoria, tiempo y mitología, es profundidad emocional, belleza formal y, en fin, poesía.