Para San Agustín de Hipona, uno de los más grandes pensadores y santos de la Iglesia católica, la música representaba un elemento esencial de la vida espiritual. Incluso antes de su famosa conversión al cristianismo, escribió un tratado sobre la música y en sus obras teológicas posteriores incluyó espléndidas reflexiones sobre el poder de la música. Es por ello especialmente significativo que una obra musical fuera concebida como marco o comentario de las Confesiones, texto fundacional en el que el propio Agustín relata su propia experiencia espiritual. Esta composición, creada por un músico que también es fraile agustino, pretende acompañar la lectura recitada por un actor de pasajes seleccionados de cada uno de los trece Libros de las Confesiones, sirviendo así como comentario estético y espiritual de las palabras del Padre de la Iglesia. Se trata de un precioso recordatorio del poder espiritual y de la dimensión trascendente de la música, un aspecto que el propio Agustín vivió y exploró profundamente en sus obras.