Los riesgos y amenazas que se ciernen sobre la Humanidad urgen a abordar soluciones estratégicas colectivas que únicamente pueden surgir de una conciencia cada vez mayor de compartir un futuro común y de interdependencia. El ámbito de las relaciones internacionales ha aparecido mayoritariamente como una esfera de la política ajena a la Ética e incluso al Derecho. Sin embargo, la incidencia real de la tímida pero progresiva moralización de la política global ha ido adquiriendo cada vez mayor relevancia a lo largo del s. XX, y está presente en los grandes debates del s. XXI. Desde el idealismo wilsoniano y la Sociedad de Naciones, pasando por la ONU y la Declaración Universal de Derechos Humanos, hasta llegar a la Agenda 2030, la comunidad humana global ha podido alcanzar metas comunes y logros conjuntos. Ante la necesidad imperiosa de una cada vez mayor colaboración mutua, de sinergias y esfuerzos conjuntos en el orden mundial, hay que abrir horizontes de posibilidad y esperanza que son muy reales: no meros voluntarismos o ilusos espejismos. Analizando lo valioso de lo ya conseguido y articulando las propuestas necesarias para una precisa solidaridad global y el respeto a valores comunes, cabe plantear un ‘idealismo, sin ilusiones’.