El Ouroborus, es decir, el icono de la serpiente o el dragón que se come su propia cola, parece a algunos una declaración de la brutalidad de la naturaleza. Para otros de carácter gnóstico, simboliza la dualidad de lo divino y lo terrenal en la humanidad. Pero lo más común es que se refiera simplemente a los ciclos interminables de muerte y renacimiento que caracterizan la vida en este planeta. Como tal, es una imagen que se cierne sobre el mundo de Goat, el colectivo siempre misterioso e infinitamente revivificante cuyo último álbum marca otra aventura más allá de este particular plano de la realidad. Puede que se trate de una banda que ha nombrado álbumes tanto a Requiem como a Oh Death, pero esta salva homónima demuestra una vez más que la trascendencia y la metamorfosis son sus consignas. Goat ve a este atuendo siempre impredecible convocando rituales rítmicos con un estilo inconfundible, edificante y centelleante, igualmente hábil para encender pistas de baile y expandir mentes.