Federico García Lorca y Miguel de Unamuno recorren la península convirtiendo el el territorio en algunos de los más bellos pasajes que se han escrito. Ciudades mágicas en las que «el aire parece de hierro y el sol pone una tristeza infinita en sus misterios y sombras» y paisajes vividos y soñados, impregnados de espiritualidad, lejos de intelectualidades y sentimentalismos.