A principios de los 80, abandonando una prometedora carrera como abogado, Pierre Durand decide dedicarse en cuerpo y alma a su pasión: el salto de obstáculos. Apoyado por su padre, lo apuesta todo por un joven caballo en que nadie tiene gran fe: Jappeloup. Juntos empiezan un camino de sacrificio, superación y trabajo que les convierte en leyenda olímpica.