Las dos magníficas sonatas para violonchelo de Brahms pueden considerarse con razón como los ejemplos más importantes de este género escrito en la segunda mitad del siglo XIX. Con su Primera Sonata, Brahms supera las dudas y temores que hasta entonces albergaba sobre la calidad de su escritura para dúo. En la Segunda Sonata, Brahms demuestra la confianza y maestría adquirida en el manejo de los colores orquestales y la escritura sinfónica (en términos de timbre, escala de la obra y variedad de paleta). Mientras que la primera Sonata es más centrada e íntima, personal y crepuscular, la segunda es más abierta, explícita, amplia y segura de sí misma. La hábil partitura de Brahms lleva a que los dos instrumentos se mezclen maravillosamente, y el violonchelo parece encontrar allí su asiento expresivo ideal, mientras que el piano parece perder toda caracterización de instrumento 'percusivo' para convertirse, a su vez, en un instrumento de cuerda llamado en el sentido más amplio melódico y cantable.