A partir del verso de uno de sus primeros libros, en torno a 1907, «Dios está azul», J. R. J. se reinventa al final de su vida, y lo hace sin dejar de ahondar en ese «azul». Abandonándose por entero a su experiencia mística de la poesía, desde el hallazgo de «lo alto profundo» o la «mañana oscura», a la declaración «soy animal de fondo de aire», descubre, en ese mismo fondo de aire, el «pozo sagrado» de su conciencia, y en ésta la creación de su dios. «No he trabajado en vano en dios, he trabajado en dios tanto cuanto he trabajado en poesía», dice.