El boxeo es un deporte al que nadie llama juego. Eso lo aprendió el autor de niño, cuando veía combatir a los púgiles asomado al balcón de su casa de Málaga. Más tarde, él mismo se subió al ring en el descampado de Lagunillas para que le moldearan una nariz a la altura de su talento. A sus 86 años, este poeta y pegador estelar en las distancias cortas del periodismo sigue contando sus combates con la Olivetti por victorias literarias.