Jaume Canivell, fabricante catalán de porteros electrónicos, financia una cacería a la que asistirán altos cargos gubernamentales, entre ellos el ministro que puede legislar sobre la instalación obligatoria de porteros automáticos en las viviendas oficiales y, de paso, escoger como modelo oficial el fabricado por Canivell. El anuncio de un inmediato cambio de gobierno -que acogerá a tecnócratas del Opus Dei y dejará sin cargo a los veteranos falangistas entre los que se encuentra el influenciable ministro-, obliga a Canivell a reiniciar su estratégica jugada.