En la actual postmodernidad hemos entrado en una fase disruptiva estética, La Postbelleza, una belleza humana que se ha fugado para ir más allá de ella misma, de su valor y configuración natural. En una sociedad hiperestetizada como denomina Lipovetsky, atravesamos una crisis de la belleza verdadera -la Belleza Real- al ser devorada y desnaturalizada por el Mundo Imagen, el nuevo mundo virtual en donde habita y deambula una humanidad extremadamente agobiada por seducir al otro por medio de prótesis, artefactos e implantes. La belleza se ha ficcionalizado, reduciéndola a pixeles, convertida en un producto más de consumo y quedando sometida al simulacro y a la dictadura del icono de moda. En la nueva era de La Postbelleza contemplamos asombrados un continuo desfile fantasioso -y ansioso- de miles de adolescentes, jóvenes y adultos, transformados en personajes de anuncios, revistas y series, sujetos maquillados y manipulados por lo que en realidad no son y así captar la máxima atención y obtener el triunfo en las redes, los nuevos bulevares y las nuevas pasarelas de moda. Pero la belleza degradada a pura emoción y diluida en un simple ¡Wow! (en palabras de Byung Chul Han), la Belleza Fantasma, ha colapsado dejando un reguero de víctimas estéticas que están sufriendo y enfermando de belleza: los nuevos vulnerables de la sociedad. ¿No ha llegado el momento de desenmascarar a los Dorian Grey de hoy, romper de una vez el embrujo estético y recordar a los falsamente embellecidos que el mayor poder seductor de la belleza sigue estando en el interior del hombre?