Jordi Savall aborda con brillatez una de las obras más divertidas de Mozart. Su forma y duración la distinguen de aquellas que se destinaban a ordinarios casamientos , prevaleciendo el estilo galante y una sutil tendencia al equilibrio y a la unidad tonal, principalmente notorios en el concierto para violín que se intercala. Este fragmento ocupa los movimientos segundo, tercero y cuarto, con unas cadencias de un virtuosismo absoluto que destacan por su hermosura.