Stig Dagerman fue el niño prodigio de las letras escandinavas, frecuentó los ambientes anarquistas suecos y se convirtió en un habitual de sus publicaciones. Tan breve como poderoso, este texto es una suerte de testamento vital -escrito dos años antes de suicidarse-de uno de los escritores más lúcidos de la segunda mitad del siglo XX, además de una magnífica puerta de entrada al resto de su obra.