La música de Grégory Privat es muy cinematográfica. Los conciertos que ofrece nunca son a mediasy están llenos de matices. Transporta, trastorna, marca. Pocos músicos dan y reciben tanto, dejando como recuerdo un momento de gracia inolvidable. Para esta obra, Grégory llegó sin ninguna preparación para jugar el juego de la improvisación total.