Rachmaninoff y Prokofiev abren dos caminos distintos hacia la cumbre del pianismo: uno, un viaje espiritual, profundo y trágico; el otro, una danza macabra entre la ironía y la desesperación. Ambos, a su manera, son Everests que sólo unos pocos consiguen alcanzar, pero cuya cima, una vez alcanzada, transforma a quien la interpreta. Interpretar el Tercer Concierto es, sin duda, un viaje épico, no sólo por su dificultad técnica sino por la profundidad emocional que exige. Cada vez que lo interpreto, siento que me acerco a ese misterio insondable que es la música de Rachmaninoff, una música que parece contener en sí todo el dolor y toda la belleza del mundo. Interpretar el Segundo Concierto no es sólo un reto sino una inmersión en la percepción de lo que la música puede o debe ser. Prokofiev se burla de las expectativas, nos lleva al borde del caos y luego nos deja colgados, sin una respuesta clara, como diciéndonos que en la vida, al final, lo único que queda es el eco vacío de los aplausos.