En 1816, Schubert estaba a punto de cumplir veinte años. Fue un año especial para un joven extremadamente talentoso y bastante introvertido. En ese año, entre otras cosas, Schubert compuso la Sonatina para violín, en la que encontramos la quintaesencia de su estilo. Hay ternura, ironía, buen humor y melancolía (mucha). Los dos instrumentos establecen un diálogo similar al de los Lieder polifónicos, aunque Schubert siguió una tendencia del siglo anterior al designarlos como piezas para piano con 'acompañamiento de violín'. Encontramos un cierto virtuosismo, pero siempre determinado por las necesidades musicales, y nunca demasiado extremo. Está, sobre todo, la conmovedora y hermosa expresión del alma de Schubert, en la que nunca se separaron la nostalgia y la esperanza, el deseo y la ternura.