En palabras de Perlman, Tchaikovsky 'lleva su corazón en la manga' y su concierto para violín es una obra de 'romanticismo descarado'. Si bien aporta sensibilidad y sustancia a su interpretación, Perlman nunca cae en el sentimentalismo y dirige un baile emocionante al final. Este concierto, más que ningún otro, lo ha acompañado a lo largo de su carrera. De hecho, Perlman a menudo afirmaba que podía tocarlo virtualmente mientras dormía. Incluso podría verse como un emblema de su estilo, dadas las exigencias prodigiosamente virtuosas que impone al intérprete y su calidez carismática.