Incorporado sobre la cama, un niño escribe su nombre en el vaho del cristal de la ventana de su dormitorio. Segundos después, el cielo le contesta escribiéndolo también, valiéndose para ello de las irisaciones de las propias auroras boreales. Comienzan así las particulares anécdotas de un personaje que interpretará lo que le rodea según códigos muy poco convencionales.