En 1858, David F. Dorr hizo algo impensable: le arrebató el relato de las manos a su opresor. Mientras recorría Europa y Oriente como esclavo propiedad de un magnate del algodón de Louisiana, su pluma transformó lo que debía ser el diario de viaje de su amo en una crónica propia, vibrante y subversiva.