Como Nietzsche mismo decía pensando en los preplatónicos, hay algo inmortal en un filósofo, algo eterno más allá de sus ideas, doctrinas… Es su carácter, su ethos, el estilo que marca todo lo que dice y escribe, formas efectivas de hacer, en su caso. El filósofo como educador, lo contrario de un gurú de tres al cuarto, capaz sólo él o ella de hacerte nacer por segunda vez. Pero nacer de verdad, sacándote de la confusa matriz del azar genéticocultural y de la papilla afectiva. Por la mano de Sócrates, Schopenhauer, Ortega… vinieron al mundo Platón, Nietzsche, Zambrano. La revisión de temas típicos nietzscheanos que se acomete en esta obra atiende a aislar su gusto casi ambiental, su sabor, ya que justamente sería eso lo que educa del filósofo, lo que habría llevado al mundo a la persona que se llegó a construir con su lectura. Si a la creencia religiosa sus creyentes se aferrarían apasionadamente, como muy bien nos descubrió Wittgenstein, el filósofo nietzscheano se echa a la vida llevado por la pasión del conocimiento. Lo que exige sin ninguna duda mucho valor, el valor de un Sócrates, por eso nuestro santo padre.