Rossini, recordado hoy por su producción operística, comenzó su carrera como compositor con música de cámara. En 1804, Gioachino, de doce años, fue invitado a pasar el verano en la villa de su amigo Agostino Triossi en Conventello. Este rico terrateniente y contrabajista aficionado organizaba conciertos y tertulias musicales y Rossini le escribió numerosas obras instrumentales. Las Seis sonatas para dos violines, violonchelo y contrabajo fueron compuestas para una de estas ocasiones. Como nos cuenta el propio Rossini, «Seis horrendas sonatas, compuestas por mí durante unas vacaciones cerca de Rávena, por mi amigo mecenas Agostino Triossi, en la edad más infantil, sin haber recibido ni una lección de acompañamiento, todas compuestas y copiadas en tres días e interpretadas con obstinación de Triossi, contrabajo, Morini (su primo) primer violín, su hermano el violonchelo y el segundo violín yo, que era, la verdad, el menos perro». Sin embargo, este juicio tan severo no debe inducir a error; estas sonatas, aunque elementales desde el punto de vista formal, son genuinas y muy inspiradas, elegantes en la escritura y musicalmente ingeniosas; el contraste entre los pasajes brillantes y los lírico-sentimentales ya revela el hábil compositor de ópera en el que se convertirá Rossini.