Como un grabado exótico, así fue fabricada la imagen del Islam por Occidente. Su apariencia remota (tanto geográfica como temporal), construida mediante el contraste con categorías conceptuales incompatibles, se debe a una violenta imposición epistemológica y religiosa que terminó por aplicar un abismo de inferioridad hacia el Otro: lo que en el Corán es nombrado como un «orden de valores», se tradujo como «una religión primitiva», y el papel de una estratega política como Sherezade fue reducido al de una contadora de historias. El problema es la diferencia, y también la labor pasiva de incorporar el pensamiento musulmán a una Modernidad excluyente y ajena.