Todos los compositores de estas obras italianas del siglo XX estuvieron asociados con el violonchelo desde una edad temprana. Su profundo conocimiento del instrumento se revela en tres piezas concertantes contrastantes donde el solista y la orquesta colaboran para explorar una amplia gama de colores y estados de ánimo, y cuyos movimientos lentos se encuentran entre los más hermosos que jamás haya escrito cada compositor. Malipiero veía al solista en sus conciertos como una voz que se alzaba entre la multitud; la misteriosa y otoñal L'Olmeneta es la más grande e individual de las obras para violonchelo de Ghedini; y Notturno e tarantella de Casella es una pieza soleada, hábilmente orquestada.