Se sabe que el tango se originó en los suburbios de Buenos Aires, una cazuela de influencias locales y extranjeras, lleno de burdeles, cuchillos, sinvergüenzas y algunos rotos héroes de corazón. Menos conocida es la faceta que desarrolló más adelante y fuera de este contexto cuando llegó el tango no solo a los altos salones europeos sino también a las orejas y mentes de algunos de los más importantes compositores del siglo XX. Seducido quizás por su aparente sensualidad y pulsaciones rítmicas articuladas, algunos compositores se inspiraron lo suficiente como para escribir sus propios tangos. Con variadas instrumentaciones, ya sea solo de piano, un conjunto de cámara o una orquesta sinfónica, ellos trajeron sus propias visiones del tango y las tradujeron en su propio lenguaje musical, uno que estaba inmerso en el idioma del siglo XX.